Agradecimiento en la desesperación

RCC

White twisted ladder and opened door with blue sky and sun

En una noche de invierno, siendo ya de madrugada recibo una noticia que, con diferencia, es la peor de mi vida: Mi hija ha intentado quitarse la vida ingiriendo una considerable cantidad de pastillas. A partir de ahí mi vida da un giro inesperado. Te preguntas por todo, por qué, por qué y por qué; sin hallar una respuesta válida al sinsentido. Imagino que a mi mujer le ocurriría lo mismo. Recuerdo que el desplazamiento al hospital fue muy rápido, los semáforos no existían como si de un circuito de velocidad se tratara; pero a la vez muy lento, parecía interminable la llegada a urgencias para que me diesen una pronta solución de mi niña. Gracias a Dios, y no quiero entrar en temas escabrosos ya que mi mente casi los ha borrado.

A partir de ahí su psicólogo nos comentó que no le quedaba más remedio que ingresarla en el servicio de salud mental infantil, que iba a estar bastante controlada ya que gran parte del día (de lunes a viernes, de nueve a veintiuna horas horas) estaría ingresada. Recuerdo que nos dijo que le iba a venir muy bien y que iba a poder llevar una vida “normal”. Estos días previos a su ingreso estábamos totalmente desorientados, ¿cómo sería aquello?, ¿qué vida le podrían ofrecer? ¿cómo lo podría sobrellevar mi hija? ¿en qué manera podríamos ayudar la familia?

Nuestro primer contacto con la quinta planta del Vázquez Díaz fue de desasosiego. Aún no recuperados del trauma vivido en días anteriores nos topamos con un pasillo que, a pesar de los carteles y murales que las paredes sostenían y daban cierto colorido al lugar, me recordaba a aquél de la película el resplandor donde al final del pasillo habían dos niñas gemelas pidiéndote que jugaras con ellas. Lo que es la mente. Tengo que reconocer que la espera se me hizo muy larga. Tuvimos nuestro primer contacto con los profesionales que se encargarían de cuidar a nuestra hija. Nos comentaron las pautas que iban a seguir, lo duro que iba a ser el camino, la medicación que iba a necesitar, el apoyo que iba a tener para perder lo menos posible en su educación académica (el horario le impedía ir al instituto), el control tan férreo que iban a tener en su vida. Yo creo que nunca estuve preparado para ese día. El mundo se me echaba encima. También nos dijeron que iba a tener muchas actividades: natación, paseos salidas al cine, manualidades, etc.. Doy fe que es así.

A partir de ahí comenzó mi tarea rutinaria, llevar y traer a mi hija del hospital. Me conozco ya tan bien el camino que parezco Fernando Alonso visualizando un circuito con los ojos cerrados. Pero está valiendo la pena. Mi hija está mejorando, madura, es consciente de lo que hizo y quiere salir del pozo. Si representáramos una gráfica ésta iría ascendiendo paulatinamente con firmeza, aunque hayan algunos altibajos. De hecho ya no va todos los días. Está comenzando a llevar una vida normal. Consiguió aprobar el curso y es ahora cuando veo que puede conseguir lo que quiera, está en su voluntad.

Después de todas estas parrafadas el meollo de mi escrito va en relación a los profesionales que la tratan. Un sueldo no cuantifica la calidad profesional y humana de esta gente que está forjando la salud de mi hija y aunque aún queda un largo camino para la despedida sí es mi obligación el anticiparme y dar “GRACIAS” con mayúsculas. Como soy despistado para los nombres prefiero referirme al conjunto, ya que todos son especiales. Gracias.

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