ENTRELIBROS

entrelibros3Octava planta del Hospital Materno Infantil de Granada. Son las seis de la tarde de un martes cualquiera. Un grupo de voluntarias y voluntarios de la Asociación Entrelibros ha comenzado a colgarse sus tarjetas de identificación. Van a comenzar su tarea. ¿Son pediatras? ¿Son enfermeras? ¿Son familiares? En sus manos no llevan estetoscopios, ni gasas, ni termómetros, ni bolsas de suero… Llevan únicamente libros, de distinto tamaño, de distinto grosor. ¿Qué son, entonces, qué hacen? Son lectoras, son lectores. Simplemente. Y hacen lo que saben hacer, lo que quieren hacer. Leer. Leer en voz alta a quien quiere escuchar, a quien le viene bien escuchar. Entran y salen de habitaciones, forman círculos de oyentes en torno a una mesa, se sientan al lado de enfermos y familiares que aguardan su turno en Urgencias… Siempre con un libro en las manos dispuesto a abrirse, siempre con una palabra amable a flor de labios. Ofrecen compañía, voz, conversación. Se acercan serenamente a una niña postrada en la cama, a un niño que arrastra dificultosamente su portasueros, a un bebé en brazos de su madre, a una abuela que atiende y acaricia a su nieta… Y entonces abren el libro y con su voz van narrando “había una vez un árbol que quería mucho a un niño…”. Y van comprobando que en el rostro de los oyentes va apareciendo lentamente una sonrisa, que su cuerpo se va relajando, que el dolor y la ansiedad van menguando. Y que los acompañantes se sienten cómodos y tranquilos. Y que poco a poco los niños comienzan a hablar de sus experiencias, de sus miedos, de sus sueños, de sus afectos… Y así durante muchos y felices minutos. Las lectoras y lectores saben que las palabras que se escuchan y las palabras que se dicen calman, hacen pensar, ayudan, activan emociones, dan risa, ánimo y esperanza, ayudan a aliviar la enfermedad. Y eso es bueno.

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